Hoy la liturgia nos invita a descubrir que somos cumplidores, pero que no hay transformación profunda del corazón, que debemos aprender a interiorizar y no vivir nuestro cristianismo cifrado en formalismos, a
comprender que nosotros, no siempre somos capaces de reconocer en el otro su virtud, y menos reconocer su esfuerzo, como si lo hizo la reina de Saba.