Introducción:
La liturgia de hoy nos invita a la mesa del banquete celestial a través de la humilde entrega y abnegación de Cristo, misterio de salvación que se hace presente en el memorial de su pasión, muerte y resurrección. Esta entrega generosa se refleja vivamente en la memoria de san Martín de Porres, quien con profunda humildad se despojó de sí mismo para servir a los más necesitados y marginados. Al celebrar hoy este misterio pascual, su testimonio nos urge a vivir la caridad universal, reconociendo que los últimos son los primeros invitados al banquete del Reino.
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 2, 5-11
Hermanos:
Vivan con los mismos sentimientos que hay en Cristo Jesús.
Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló haciéndose obediente hasta aceptar la muerte y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: “Jesucristo es el Señor”.
Reflexión:
Este texto, nos revela un Dios que no se impone, sino que desciende a nuestra fragilidad para caminar a nuestro lado y darnos esperanza. Jesús, al elegir servir, nos muestra relaciones dignificantes que nos comprometen a trabajar por un Reino de igualdad y verdadera hermandad compartida. Esta palabra ilumina de manera especial la memoria de san Martín de Porres, cuya vida demuestra que la santidad se construye desde la sencillez y la confianza total en el Señor. Celebrar hoy su Memoria nos invita a renovar el compromiso de vivir con el corazón de Cristo, dejándonos transformar por el amor caritativo. Así, nuestra existencia glorifica a Dios, se hace servicio y se convierte en un signo vivo de esperanza para todos los hermanos.
SALMO RESPONSORIAL 21, 26b-30a. 31-32
¡Te alabaré, Señor, en la gran asamblea!
Cumpliré mis votos delante de los fieles: los pobres comerán hasta saciarse y los que buscan al Señor lo alabarán. ¡Que sus corazones vivan para siempre!
Todos los confines de la tierra se acordarán y volverán al Señor; todas las familias de los pueblos se postrarán en su presencia.
Porque sólo el Señor es rey y Él gobierna a las naciones. Todos los que duermen en el sepulcro se postrarán en su presencia.
Glorificarán su poder. Hablarán del Señor a la generación futura, anunciarán su justicia a los que nacerán después, porque ésta es la obra del Señor.
Reflexión:
El Salmo responde a la humillación voluntaria de Cristo proclamando que el sufrimiento no tiene la última palabra, sino la gloria. Al repetir que el Señor es nuestra alabanza en la gran asamblea, nos unimos al canto de victoria que brota de su entrega. Esta respuesta litúrgica nos compromete a cumplir nuestros votos sirviendo activamente a los hermanos más desprotegidos. Es la alabanza universal que anuncia a las generaciones futuras que solo el Dios que desciende es capaz de salvarnos. Así, la oración de la Iglesia se transforma en un testimonio vivo y en una permanente razón para la esperanza.
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 14, 1a. 15-24.
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos.
Uno de los invitados le dijo: “¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!”
Jesús le respondió: «Un hombre preparó un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora de cenar, mandó a su sirviente que dijera a los invitados: “Vengan, todo está preparado”. Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse. El primero le dijo: “Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes”. El segundo dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes”. Y un tercero respondió: “Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir”.
A su regreso, el sirviente contó todo esto al dueño de casa, y éste, irritado, le dijo: “Recorre enseguida las plazas y las calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los paralíticos”.
Volvió el sirviente y dijo: “Señor, tus órdenes se han cumplido y aún sobra lugar”.
El señor le respondió: “Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa. Porque les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena”».
Reflexión:
Afirmaba el Papa Benedicto XVI que «Dios no fracasa» y hoy busca nuevos caminos llamándonos a ser sus mensajeros en el gran banquete del Reino. El Señor lo ha preparado todo para regalarnos su intimidad y gozo, pero los apegos materiales, los afectos y los planes personales pueden hacernos despreciar su invitación. Frente a nuestras excusas humanas, su mesa se llena con los pobres y desprendidos que reconocen su necesidad y no se aferran a falsas seguridades. Participar de esta mesa celestial exige libertad de corazón, oración constante y la primacía de la Eucaristía para no dejar para después el encuentro divino. Quien pone la voluntad de Dios por encima de la suya asiste al banquete, entendiendo que nada en este mundo se compara con vivir en comunión con Él.
Conclusión:
Hoy se nos invita a despojarnos del egoísmo y los apegos materiales para acoger con humildad, como lo hizo San Martín, el banquete de la salvación, transformando este encuentro en un servicio diario que dignifique a los hermanos y revele la esperanza del Reino.
- Practicar la humildad diaria cediendo el protagonismo para servir con sencillez a quienes nos rodean.
- Priorizar lo espiritual ordenando el tiempo del trabajo y los planes personales para no descuidar la oración ni la Eucaristía.
- Vivir el desprendimiento compartiendo nuestros bienes y afectos con libertad, sin dejar que las seguridades materiales endurezcan el corazón.
- Dignificar al prójimo reconociendo el valor de cada persona, especialmente de los más necesitados y marginados de la sociedad.
- Atender el llamado respondiendo con un “sí” generoso a las oportunidades cotidianas de ser mensajeros del Amor de Dios.
Oración Final:
Oh Dios misericordioso, que por medio de tu Santo Espíritu guías a la Iglesia, te suplicamos que derrames tu gracia sobre nosotros, y te rogamos que, atendiendo los ruegos del bienaventurado fray Martín, concedas a nuestro pueblo una fe inquebrantable que se manifieste en obras auténticas de piedad y compasión hacia los desamparados. Que el ejemplo sublime del humilde mulato limeño nos inspire a purificar las intenciones cotidianas, alejando la vanagloria para abrazar la cruz con sincera devoción. Por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo en la unidad de la Trinidad, por los siglos de los siglos. Amén.
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Tomado de:
- Folleto La Misa de Cada Día.
- https://www.eucaristiadiaria.cl/dia_cal.php?fecha=2026-11-03
- https://www.evangelizacion.org.mx/evangelio-de-hoy
- https://evangeli.net/evangelio
- https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy
Palabra de Vida Mes de Noviembre 2026: «Tengan valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33) https://ciudadnueva.com.ar/categoria/palabra-de-vida/