LITURGIA DE LA PALABRA.
Introducción:
La Liturgia de hoy nos invita a reflexionar sobre la importancia de desprendernos de nuestros propios apegos y seguridades para poner a Dios en el centro de la existencia. Muchas veces olvidamos al Creador que nos dio la vida, dejándonos arrastrar por pasiones mundanas y riquezas materiales que endurecen el corazón. Ante el dolor de la pérdida o la exigencia divina de entrega absoluta, el ser humano es llamado a no buscar consuelos superficiales ni falsos ídolos. La verdadera fidelidad consiste en escuchar la voz divina y abrazar su voluntad, aun cuando esto implique renunciar a lo que consideramos más valioso. Al final, solo vaciándonos de nosotros mismos podremos seguir plenamente el camino que nos conduce a la vida eterna.
Lectura de la profecía de Ezequiel 24, 15-24
La palabra del Señor me llegó en estos términos: “Hijo de hombre, Yo voy a arrebatarte de golpe la delicia de tus ojos, pero tú no te lamentarás, ni llorarás, ni derramarás lágrimas.
Suspira en silencio, no hagas ninguna clase de duelo, cíñete el turbante, cálzate con sandalias, no te cubras la barba ni comas pan de duelo”.
Yo hablé al pueblo por la mañana, y por la tarde murió mi esposa; y a la mañana siguiente hice lo que se me había ordenado.
La gente me dijo: “¿No vas a explicarnos qué significa lo que haces?” Yo les dije: “La palabra del Señor me llegó en estos términos: Di a la casa de Israel: Así habla
el Señor: ‘Yo voy a profanar mi Santuario, el orgullo de su fuerza, la delicia de sus ojos y la esperanza de sus vidas. Los hijos y las hijas que ustedes han dejado, caerán bajo la espada, y ustedes harán lo mismo que Yo: no se cubrirán la barba, no comerán el pan de duelo, no se quitarán el turbante de la cabeza ni las sandalias de los pies, no se lamentarán, ni llorarán, sino que se consumirán a causa de sus culpas y gemirán unos con otros. Ezequiel habrá sido para ustedes un presagio: ustedes harán lo mismo que él hizo, y cuando esto suceda sabrán que Yo soy el Señor’”.
Reflexión:
Este mensaje no exalta el sufrimiento, sino que revela la presencia constante de un Dios que jamás abandona a sus hijos en la prueba. La vida de Ezequiel, transformada en un signo profético, nos recuerda que el bautismo nos constituye en testigos llamados a guiar con nuestro proceder a una sociedad apartada de Dios. En medio del colapso de Jerusalén, el Señor demostró que ninguna institución o seguridad humana puede sustituir una relación viva y sincera con Él. Al final, donde las falsas seguridades se derrumban, nace siempre una confianza más profunda que nos impulsa a vivir una verdadera conversión del corazón.
SALMO RESPONSORIAL Deut 32, 18-21
Despreciaste a la Roca que te engendró.
Despreciaste a la Roca que te engendró, olvidaste al Dios que te hizo nacer. Al ver esto, el Señor se indignó y desechó a sus hijos y a sus hijas.
Entonces dijo: Les ocultaré mi rostro, para ver en qué terminan. Porque son una generación perversa, hijos faltos de lealtad.
Provocaron mis celos con algo que no es Dios, me irritaron con sus ídolos vanos; Yo provocaré sus celos con algo que no es un pueblo, los irritaré con una nación insensata.
Reflexión:
Este cántico de Moisés que la Iglesia nos propone como Salmo, responde con precisión a la primera lectura al denunciar el olvido de Dios, la Roca que dio la vida al pueblo. Mientras Ezequiel vive el dolor del colapso de sus seguridades, este texto explica la raíz de esa crisis: la idolatría y la indiferencia de una sociedad que dio la espalda a su Creador. Ante el abandono de la alianza divina por seguir falsas certezas mundanas, la justicia de Dios se manifiesta retirando su rostro protector. Así, el texto sagrado confirma que el sufrimiento del pueblo no es un abandono arbitrario, sino la consecuencia directa de preferir vanidades vacías en lugar de mantener una relación viva con el Señor. Las lágrimas no se eliminan con la fe, pero pierden el poder de destruirnos cuando descubrimos que el dolor puede ser un lugar de encuentro.
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 19, 16-22
Se acercó un hombre a Jesús y le preguntó: “Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?”
Jesús le dijo: “¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos”. “¿Cuáles?”, preguntó el hombre. Jesús le respondió: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
El joven dijo: “Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?” “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo.
Después, ven y sígueme”. Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes.
Reflexión:
El Evangelio nos revela que la fe no nace del frío cumplimiento de un código de conducta, sino del encuentro personal con Jesús, quien responde a nuestra insatisfacción profunda. Aunque el joven cumplía las normas morales, su corazón seguía amarrado a los bienes temporales y a sus propias seguridades, lo que le impidió dar el paso hacia la verdadera libertad. Jesús no condena la riqueza, sino el apego que desplaza a Dios y nos encierra en el egoísmo, invitándonos a cambiar radicalmente las prioridades materiales. Seguirle exige soltar amarras, salir de la zona de confort y compartir lo recibido para abrir caminos nuevos bajo la guía del Espíritu. Al final, la santidad no es un logro del esfuerzo humano, sino el resultado de vaciarse de uno mismo para confiar plenamente en su providencia.
Conclusión:
Como nos ha dicho el Papa León XIV: «A cada uno os digo: Dios te ama como eres, pero te sueña mejor». Al concluir esta reflexión litúrgica, estas palabras nos confrontan con honestidad ante las dos preguntas esenciales:
- ¿Sería yo capaz de responder con esa seguridad de que he cumplido los mandamientos desde pequeño? Mirando nuestro caminar, la respuesta sincera suele alejarse de la seguridad soberbia. Aunque intentemos cumplir las normas externas y tradiciones religiosas por costumbre, a menudo descubrimos que ese cumplimiento ha sido superficial, rutinario y carente de una verdadera conversión interior que transforme el corazón ante las crisis de la vida.
- ¿Qué me falta? Nos falta la valentía de soltar las amarras de nuestras falsas certezas (el dinero, el prestigio o el apego material) para poner a Dios en el centro absoluto. Nos falta dejar de dar la espalda al Creador y atrevernos a salir de la zona de confort, aceptando que el dolor puede ser un lugar de encuentro y que la plenitud solo llega cuando compartimos lo recibido y nos vaciamos de nosotros mismos para seguir fielmente su voluntad.
Oración Final:
Señor Jesús, me presento ante ti reconociendo que muchas veces he puesto mi seguridad y mi felicidad en cosas efímeras, en bienes materiales y en certezas humanas que me apartan de tu amor.
Te pido que envíes tu Espíritu Santo para sanar mi corazón y liberarlo de todos los apegos que me encadenan, me quitan la paz y me impiden seguirte con radicalidad. Despójame del egoísmo, del miedo a perder mis comodidades y de la necesidad de controlarlo todo.
Dame la gracia de vaciarme de mí mismo para llenarme únicamente de ti, confiando plenamente en tu providencia tanto en la abundancia como en la prueba. Que comprenda que tú me amas como soy, pero me sueñas mejor, libre de toda atadura y dispuesto a amar sin reservas.
Amén.
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Tomado de:
- Folleto La Misa de Cada Día.
- https://www.eucaristiadiaria.cl/dia_cal.php?fecha=2026-08-17
- https://www.evangelizacion.org.mx/evangelio-de-hoy
- https://evangeli.net/evangelio/dia/2026-08-17
- https://oracionyliturgia.archimadrid.org/2026/08/17
- https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy.
Palabra de Vida Mes de Agosto: «Engrandece mi alma al Señor» (Lc 1, 46) https://ciudadnueva.com.ar/categoria/palabra-de-vida/