LITURGIA DE LA PALABRA.
Introducción:
La liturgia de hoy nos recuerda que la fe es un don gratuito de Dios que nos libera y transforma profundamente. Este amor incondicional no es un mérito que se conquista, sino una gracia que nos impulsa a vivir con el corazón renovado.
Al recibir tanto de manera gratuita, somos enviados al mundo con la misión de amar y dar sin medida.
Reflexionemos hoy si nuestras vidas responden a esta generosidad divina o si aún pretendemos ponerle precio al amor.
PRIMERA LECTURA del libro del Éxodo 19,1b-6a
Los israelitas llegaron al desierto del Sinaí. Habían partido de Refidím, y cuando llegaron al desierto del Sinaí, establecieron allí su campamento. Israel acampó frente a la montaña.
Moisés subió a encontrarse con Dios, El Señor lo llamó desde la montaña y le dijo: “Habla en estos términos a la casa de Jacob y anuncia este mensaje a los israelitas:
“Ustedes han visto cómo traté a Egipto, y cómo los conduje sobre alas de águila y los traje hasta mí. Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada”.
Reflexión:
En este texto, Dios toma la palabra con soberana solemnidad para recordar la liberación del pueblo y sellar una alianza de amor universal. Como un águila majestuosa, el Señor rescata a los oprimidos para consagrarlos como un testimonio vivo ante el mundo entero. Esta elección divina exige una respuesta fiel: escuchar su voz y cumplir sus preceptos para no perderse en el desierto. Ante el cansancio y la desorientación del pueblo, Jesús se conmueve con el amor entrañable y protector de una madre. Lejos de imponer una santidad excluyente, el Señor instituye a los Doce para curar las heridas, aliviar las miserias y atender a los más débiles. Esta nueva alianza nos convoca a predicar su mensaje de paz de manera totalmente desinteresada en medio del mundo.
SALMO RESPONSORIAL 99, 1b-3. 5
Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
Aclame al Señor toda la tierra, sirvan al Señor con alegría, lleguen hasta Él con cantos jubilosos.
Reconozcan que el Señor es Dios: Él nos hizo y a Él pertenecemos; somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
¡Qué bueno es el Señor! Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones.
Reflexión:
El salmo celebra con inmensa alegría el cumplimiento de la promesa divina al reconocernos como el pueblo y las ovejas de su rebaño. Pertenecemos enteramente al Señor, quien con ternura nos ha creado y sostiene nuestras vidas en cada momento. Su bondad y misericordia permanecen para siempre, asegurando una fidelidad eterna que abraza a todas las generaciones.
SEGUNDA LECTURA de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 5, 6-11
Hermanos:
Cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores.
Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Y ahora que estamos justificados por su sangre, con mayor razón seremos librados por Él de la ira de Dios.
Porque, si siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más ahora que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida.
Y esto no es todo: nosotros nos gloriamos en Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien desde ahora hemos recibido la reconciliación.
Reflexión:
San Pablo profundiza en el amor redentor de un Dios incondicional que entrega a Cristo cuando aún éramos débiles-
Ser cristiano significa ser justificado, es decir, vivir en paz y amistad con el Señor sabiendo que la salvación es un regalo sin méritos. Esta gracia nos permite afrontar las tribulaciones con esperanza, pues no dependemos de nuestras limitaciones sino de Su presencia. La vida y resurrección de Jesús nos sostienen para construir un proyecto humano de fraternidad, justicia y reconciliación.
EVANGELIO según san Mateo 9, 35—10,8
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”.
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de sanar cualquier enfermedad o dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:“No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”.
Reflexión:
En este texto del Evangelio, Jesús ante el cansancio y la desorientación del pueblo, se conmueve con el amor entrañable y protector de una madre. Lejos de imponer una santidad excluyente, el Señor instituye a los Doce para curar las heridas, aliviar las miserias y atender a los más débiles. Esta nueva alianza nos convoca a predicar su mensaje de paz de manera totalmente desinteresada en medio del mundo. La misión recibida brota de la compasión divina y nos impulsa a dar gratis lo que por pura gracia hemos recibido.
Conclusión:
Hoy la liturgia nos llama a asumir la misión sanadora de Jesús para restaurar integralmente nuestra vida. Estamos invitados a superar el pesimismo, la impotencia y la nostalgia activando una lectura creyente de la realidad. Esta tarea exige reavivar el carisma bautismal, de este modo, la fe comunitaria se transforma en un espacio vivo de responsabilidad compartida e ilusión sinodal. En este camino de unidad, recordamos las palabras del Papa León XIV, cuyo lema episcopal y pontificio nos impulsa a la comunión: «In Illo uno unum», es decir, «aunque los cristianos somos muchos, en el único Cristo somos uno».
Oración Final:
Señor Jesús, Pastor bueno y compasivo, te damos gracias por el don gratuito de tu amor que hoy ha sanado y renovado nuestros corazones.
Te pedimos, al terminar esta reflexión, que nos envíes como obreros comprometidos a la mies de nuestro mundo, libres de todo pesimismo e impotencia.
Concédenos la gracia de vivir una fe comunitaria, sinodal y corresponsable, donde como bautizados seamos testigo vivo de tu liberación.
Que guiados por tu Espíritu Santo, sepamos sanar las heridas del prójimo y anunciar con alegría que tu Reino de paz está cerca.
Amén.
Tomado de:
- Folleto La Misa de Cada Día.
- https://www.eucaristiadiaria.cl/dia_cal.php?fecha=2026-06-14
- Diario Bíblico 2026. Misioneros Claretianos.
- https://www.dgc.org.co/50-frases-memorables-del-papa-leon-xiv-en-sus-primeros-100-dias-de-pontificado/
- https://oracionyliturgia.archimadrid.org/2026/06/14
- https://evangeli.net/evangelio/dia/2026-06-14
- https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy
Palabra de Vida Mes de Junio: «Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. […] Gratis lo recibisteis; dadlo gratis» (Mt 10, 7-8). https://ciudadnueva.com.ar/categoria/palabra-de-vida/