Charla 7.
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La Perseverancia a la Luz del Memorial y el Padrenuestro
El Memorial: Presencia activa contra la rutina
Inmediatamente después de la consagración, el sacerdote proclama: “Este es el Misterio de la fe”, a lo que la asamblea responde con aclamación gozosa. Entramos en el núcleo del Memorial o Anámnesis (IGMR 79e). El Memorial de la Iglesia no consiste en un simple ejercicio de nostalgia intelectual o en recordar píos acontecimientos del pasado de forma abstracta. El Memorial instaurado por mandato divino (“Hagan esto en conmemoración mía”) hace que el acontecimiento salvífico del Calvario acontezca de forma viva, eficaz y real hoy, en este preciso tiempo y lugar.
La vida diaria del cristiano a menudo se ve amenazada por la rutina, la monotonía y el desgaste espiritual. La rutina nos acecha cuando las realidades de este mundo agotan su novedad estimulante. Sin embargo, la Liturgia Eucarística es el antídoto por excelencia contra la desidia. Como el Cristo vivo es infinitamente inagotable, la fidelidad litúrgica suple la falta de interés emocional superficial. Quien asiste a la Eucaristía con el deseo sincero de involucrarse con el Señor, rompe de forma continua la monotonía de su existencia y recibe la gracia de la perseverancia final, manteniéndose firme en el camino de la fe.
La Escatología y la Doxología Final
La perseverancia cristiana se sostiene porque mira hacia una meta definitiva: la eternidad. La Plegaria Eucarística culmina con la Doxología Final: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén”. Esta aclamación representa litúrgicamente el grito definitivo de Jesús en la Cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). En este instante, el sacrificio queda plenamente consumado y aceptado por el Padre. El velo del templo se ha rasgado y la humanidad, antes dispersa y enemistada por el pecado, se vuelve a encontrar unida en el seno de la Trinidad. Es el anuncio glorioso de que nuestra perseverancia histórica tendrá su recompensa en las bodas eternas del Cordero (Ap 19, 9).
El Padrenuestro: La escuela de la confianza filial
Como consecuencia directa de haber sido reconciliados y unidos por el sacrificio de Cristo, la Iglesia se atreve a rezar la oración de los hijos de Dios: el Padrenuestro. En su magnífico análisis teológico en Jesús de Nazaret, el Papa Benedicto XVI nos hereda tres consideraciones fundamentales para comprender el valor de esta oración en la liturgia:
- Una oración en primera persona del plural: El uso constante del “nosotros” exige que el creyente rompa de forma radical el recinto cerrado de su propio “yo”. Solo podemos llamar a Dios “Padre nuestro” si estamos integrados en la comunidad de sus hijos, lo que nos obliga a abrir los oídos y el corazón al prójimo, reconciliándonos con los vivos y orando en comunión con los difuntos.
- Una transformación del propio ser: El Padrenuestro va muchísimo más allá de una fórmula externa de comunicación oral. Su propósito es configurarnos de forma interna con los mismos sentimientos e intenciones de Jesús.
- Un diálogo arraigado en la existencia: Brota de la intimidad del Hijo con el Padre y abraza la amplitud de las vicisitudes humanas de todos los tiempos.
Al desgranar las peticiones del Padrenuestro, el alma encuentra las herramientas espirituales precisas para perseverar ante los embates cotidianos:
- Al exclamar “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, reconocemos que la voluntad divina es siempre nuestra plena salud y salvación. Aunque nuestro egoísmo terrenal intente arrastrarnos lejos de Dios, la comunión con Cristo nos eleva hacia los criterios del cielo.
- Al pedir “Danos hoy nuestro pan de cada día”, no solo suplicamos el sustento material que la providencia divina derrama mediante el sol y la lluvia; imploramos, de acuerdo con la exégesis de San Cipriano, recibir diariamente el Pan de la Eucaristía para que nadie quede excluido del Cuerpo de Cristo ni se aleje de su fuerza santificadora.
- Al rezar “Perdone nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos”, asumimos que la ofensa y el agravio solo se vencen mediante el amor misericordioso y el sufrimiento paciente, rompiendo las cadenas de la venganza y el rencor que destruyen a las familias y a las comunidades.
- Al clamar “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”, reconocemos con humildad que nuestras fuerzas humanas son insuficientes ante las sutiles e irresistibles ideologías del mundo moderno —el mercantilismo, el tráfico de personas, la cultura del éxito efímero y el materialismo hedonista que pretende reducir a Dios a una ficción—. Pronunciamos esta súplica apoyados en la fidelidad inquebrantable de la promesa paulina: «Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de sus fuerzas» (1 Cor 10, 13).
- La Llamada a la Santidad y el Banquete Eucarístico (Comunión y Envío)
El Rito de la Paz: La caridad como requisito indispensable
La santidad no es un concepto abstracto o un mero ardor místico desencarnado de las relaciones humanas. Inmediatamente antes de acercarnos al banquete de la comunión, la liturgia introduce el Rito de la Paz. Este gesto cobra todo su significado a la luz de las palabras categóricas de Jesús en el Sermón de la Montaña: «Si estás para presentar tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano» (Mt 5, 23-24).
El apóstol San Juan ratifica esta verdad en su primera epístola de forma directa: «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso» (1 Jn 4, 20). Acercarse a recibir la Sagrada Comunión —que es la máxima expresión y el medio idóneo para lograr la unión con Dios— mientras se alimenta un distanciamiento voluntario o se rechaza la reconciliación con el prójimo, constituiría una gravísima contradicción espiritual.
En la tradición bíblica, la Paz (Shalom) no denota simplemente una tregua externa o la mera ausencia de conflictos bélicos. Implica la plenitud absoluta de la alegría y de la vida, la cual solo se experimenta en un clima de perfecta justicia, verdad, respeto y buena voluntad. Al desear la paz de Cristo a quienes nos rodean, purificamos el alma y abrimos de par en par los corazones para recibir la gracia de la santidad.
El Cordero de Dios y la Declaración del Centurión
Tras el rito de la paz, tiene lugar la fracción del pan, acompañada por el canto del Agnus Dei (“Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo…”).
Mientras la asamblea canta o recita el Cordero de Dios, el sacerdote realiza la Fracción del Pan y deja caer la pequeña partícula en el cáliz.
El rito imita directamente la acción de Jesucristo en la Última Cena, cuando «tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio»
- Significado: Romper el pan representa el cuerpo de Cristo que iba a ser “quebrado” y entregado en la Cruz por la salvación del mundo. De hecho, en la Iglesia primitiva, toda la celebración de la Misa era llamada simplemente “la Fracción del Pan”. Mientras realiza este gesto, dice en secreto: «El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna». En la muerte, el cuerpo y la sangre se separan. Al volver a unirlos en el cáliz, el rito simboliza la Resurrección de Jesucristo. Nos recuerda que cuando comulgamos, no recibimos un Cristo muerto o dividido, sino al Señor vivo, completo y glorioso (Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad).
- Raíz histórica: En los primeros siglos del cristianismo (alrededor del siglo IV), los diáconos llevaban un fragmento del pan consagrado por el Papa u obispo local a los sacerdotes de otras parroquias. Esos sacerdotes dejaban caer ese fragmento en su propio cáliz para demostrar que todas las misas del mundo están unidas en comunión con su obispo y con la Iglesia universal
El canto litúrgico del Cordero de Dios. fue introducido oficialmente en la misa romana por el Papa San Sergio I en el siglo VII. El símbolo del cordero recorre toda la Sagrada Escritura: desde el cordero pascual de la liberación del Éxodo (Ex 12) y el siervo sufriente de Isaías llevado al matadero (Is 53, 7), hasta el Cordero degollado y victorioso que describe el Apocalipsis, aclamado por millares de ángeles en el trono celestial (Ap 5). Jesucristo es el verdadero Cordero sin mancha ni defecto que nos ha rescatado de nuestro vano vivir a precio de su sangre preciosa (1 Pe 1, 18-19).
Acto seguido, el sacerdote eleva las sagradas especies y proclama: “Este es el Cordero de Dios… Dichosos los invitados al banquete del Señor”. La Iglesia entera responde al unísono haciendo suyas las asombrosas palabras del centurión romano de Cafarnaúm (cf. Mt 8, 8): “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Esta declaración, que maravilló al mismo Jesucristo por su profundidad, encierra las tres actitudes fundamentales para acceder a la santidad:
- Una fe expectante y absoluta: Convencida del poder ilimitado del Señor, reconociendo que ni siquiera hace falta un contacto físico externo; basta su palabra divina para transformar la existencia.
- Una profunda humildad: El reconocimiento honesto de la propia indignidad, sabiendo que, aunque le ofrezcamos al Maestro todos nuestros haberes, jamás estaremos a la altura de lo que Él merece.
- Una búsqueda activa: El despojarse de los propios méritos personales para abandonarse enteramente en el poder del Dios que sana y justifica gratuitamente.
El Momento de la Comunión: “Apropiación indebida” de la Santidad
Llegamos de este modo al momento verdaderamente cumbre y culminante de toda la acción litúrgica: La Comunión. Derivado del vocablo latino communio (y del griego koinonía), este rito expresa la participación real de los fieles en el Cuerpo y la Sangre de Cristo resucitado, transformándose en alimento para el camino terreno y en prenda segura de la gloria eterna.
La Instrucción General del Misal Romano (IGMR) en su numeral 80 establece que, al ser la Eucaristía el banquete pascual, conviene que los fieles debidamente dispuestos reciban el Cuerpo y la Sangre del Señor como alimento espiritual.
El Catecismo de la Iglesia Católica detalla los frutos espirituales inmensos de este momento:
- Unión íntima con Cristo: El efecto principal es acrecentar nuestra unión con Jesús (CIC 1391
- Limpieza de pecados: Fortalece la caridad, limpiando los pecados veniales y preservándonos de cometer pecados mortales futuros (CIC 1393-1395).
- Hace la Iglesia: Al unirnos a Cristo, nos une indisolublemente a todos los fieles en un solo cuerpo místico (CIC 1396).
Los Papas han enfatizado la trascendencia de este momento como centro neurálgico de la fe viva:
- San Juan Pablo II (Ecclesia de Eucharistia, 2003): Señala que la comunión es «la consumación de la vida espiritual y la finalidad de todos los sacramentos». Advierte que la comunión exige la fidelidad invisible (la gracia) y los vínculos externos (la comunión con las verdades doctrinales y jerárquicas de la Iglesia).
- Benedicto XVI (Sacramentum Caritatis, 2007): Recuerda que la comunión nos transforma. No somos nosotros quienes asimilamos a Cristo de manera puramente biológica, sino que es Cristo quien nos asimila a Sí mismo, cristificando nuestras vidas y enviándonos a la misión.
San Juan lo expresa con total nitidez en el discurso del Pan de Vida: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 56). Como explicaba de forma provocativa el Padre Rainiero Cantalamessa, en cada comunión litúrgica el Señor nos insta a realizar una “apropiación indebida”. En el orden social humano, apoderarse de lo ajeno es un delito penado por la ley. En cambio, en el orden de la gracia, Cristo nos invita con insistencia a adueñarnos de lo que no es nuestro por mérito, a apropiarnos gratuitamente de su mismísima santidad. Acercarse a comulgar es entregarle al Señor nuestros harapos, nuestras heridas genealógicas, nuestras tibiezas y pecados, y recibir a cambio el manto resplandeciente de su justicia divina (cf. Is 61, 10). Lo que Cristo es por naturaleza, se nos dona y nos pertenece por gracia en el misterio de la comunión.
Jesús transformó radicalmente la Pascua judía al instituir la Eucaristía, uniendo de forma inseparable la Última Cena, el Calvario y la Santa Misa. En la tradición hebrea, el Séder pascual se estructuraba litúrgicamente en torno a cuatro copas de vino basadas en las promesas de liberación de Éxodo 6:6-7: la Copa de la Santificación (Kadesh), la Copa de la Liberación, la Copa de la Redención y la Copa de la Consumación. En la Última Cena, Jesús alteró este ritual ancestral al tomar la tercera copa (la de la Redención) e instituir con ella el Nuevo Pacto en su sangre. Sin embargo, el acontecimiento más impactante revelado por el teólogo Scott Hahn es que Jesús interrumpió la cena en ese preciso momento; se negó a beber el fruto de la vid final y salió hacia el Getsemaní, dejando la liturgia pascual inconclusa en el Cenáculo. Esta liturgia sagrada no terminó en la mesa, sino que se extendió hasta el Calvario, donde Jesús voluntariamente entregó su vida tras haber anticipado sacramentalmente la separación de su cuerpo y su sangre. En la Cruz, justo antes de expirar, Jesús recibió el vinagre en una esponja, bebiendo así la cuarta copa (la de la Consumación), y exclamó: «Todo está consumado». De este modo, Cristo se manifestó como nuestra verdadera Pascua inmolada. Siguiendo la lógica del Antiguo Testamento, donde el sacrificio del cordero no era efectivo si la familia no consumía físicamente su carne para salvarse del ángel de la muerte, la Nueva Alianza exige la participación en el banquete sacrificial. La Sagrada Comunión no es un mero recordatorio simbólico, sino el cumplimiento del mandato radical de Jesús en el Discurso del Pan de Vida: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre… no tenéis vida en vosotros». Por lo tanto, cuando asistimos a la Santa Misa hoy en día, no participamos en un servicio religioso ordinario, sino que entramos de forma mística en el misterio pascual completo: el tiempo toca la eternidad, participamos del fruto del Calvario al recibir la tercera copa y la hostia santa, y experimentamos un intercambio sobrenatural donde, en lugar de asimilar el alimento, nosotros somos transformados e incorporados a la vida misma del Cordero de Dios, sirviendo cada liturgia como un anticipo real de las Bodas del Cordero celestiales.
Canción: Ya no eres Pan y Vino. Athenas