Nos explicaba el Papa León XIV en los mensajes de estos días: Al inicio de la Vigilia Pascual hemos alabado la luz de Cristo Resucitado, simbolizada en el Cirio pascual. De este único Cirio todos hemos encendido nuestras luces y, llevando cada uno una pequeña llama tomada del mismo fuego, hemos iluminado el templo. Este es el signo de la luz pascual, que nos une en la Iglesia como lámparas para el mundo. Al anuncio del diácono hemos respondido “amén”, afirmando nuestro compromiso de abrazar esta misión, y dentro de poco repetiremos nuestro “sí” renovando las promesas bautismales.
Hemos escuchado en el Evangelio según san Mateo Mt 28,8-15. La mañana de Pascua, las mujeres, venciendo el dolor y el miedo, se pusieron en camino. Querían ir al sepulcro de Jesús. Esperaban encontrarlo sellado, con una gran piedra en la entrada y soldados haciendo guardia. Esto es el pecado: una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza.
El l Papa Francisco, comentaba este texto: “Las mujeres en Pascua no se quedaron paralizadas frente a una tumba, sino que —dice el Evangelio— «atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y corrieron a dar la noticia a los discípulos» . Llevan la noticia que cambiará para siempre la vida y la historia: ¡Cristo ha resucitado! . Y, al mismo tiempo, custodian y transmiten la recomendación del Señor, su invitación a los discípulos: que vayan a Galilea, porque allí lo verán . Pero, hermanos y hermanas, nos preguntamos hoy: ¿qué significa ir a Galilea? Dos cosas. Por una parte, salir del encierro del cenáculo para ir a la región habitada por las gentes, salir de lo escondido para abrirse a la misión, escapar del miedo para caminar hacia el futuro. Y por otra parte —y esto es muy bonito—, significa volver a los orígenes, porque precisamente en Galilea había comenzado todo. Allí el Señor encontró y llamó por primera vez a los discípulos. Por tanto, ir a Galilea significa volver a la gracia originaria; significa recuperar la memoria que regenera la esperanza, la “memoria del futuro” con la que hemos sido marcados por el Resucitado.
Esto es lo que realiza la Pascua del Señor, nos impulsa a ir hacia adelante, a superar el sentimiento de derrota, a quitar la piedra de los sepulcros en los que a menudo encerramos la esperanza, a mirar el futuro con confianza, porque Cristo resucitó y cambió el rumbo de la historia. Pero, para hacer esto, la Pascua del Señor nos lleva a nuestro pasado de gracia, nos hace volver a Galilea, allí donde comenzó nuestra historia de amor con Jesús, donde fue el primer llamado. Es decir, nos pide que revivamos ese momento, esa situación, esa experiencia en la que encontramos al Señor, sentimos su amor y recibimos una mirada nueva y luminosa sobre nosotros mismos, sobre la realidad, sobre el misterio de la vida. Hermanos y hermanas, para resurgir, para recomenzar, para retomar el camino, necesitamos volver siempre a Galilea; no al encuentro de un Jesús abstracto, ideal, sino a la memoria viva, a la memoria concreta y palpitante del primer encuentro con Él. Sí, para caminar debemos recordar, para tener esperanza debemos alimentar la memoria. Y esta es la invitación: ¡recuerda y camina! Si recuperas el primer amor, el asombro y la alegría del encuentro con Dios, irás hacia adelante. Recuerda y camina…
Cada uno sabe dónde está la propia Galilea, cada uno de nosotros conoce dónde tuvo lugar su resurrección interior, ese momento inicial, fundante, que lo cambió todo. No podemos dejarlo en el pasado, el Resucitado nos invita a volver allí para celebrar la Pascua. Recuerda tu Galilea, haz memoria de ella, reavívala hoy. Vuelve a ese primer encuentro. Pregúntate cómo y cuándo sucedió; reconstruye el contexto, el tiempo y el lugar; vuelve a experimentar las emociones y las sensaciones; revive los colores y los sabores. Porque sabes que, cuando has olvidado ese primer amor, cuando has pasado por alto ese primer encuentro, ha comenzado a depositarse el polvo en tu corazón. Y experimentaste la tristeza y, como les ocurrió a los discípulos, todo parecía sin perspectiva, como si una piedra sellara la esperanza. Pero hoy, hermano, hermana, la fuerza de la Pascua nos invita a quitar las lápidas de la desilusión y la desconfianza. El Señor, experto en remover las piedras : hacer actual ese primer encuentro con Él. Recuerda y camina; regresa a Él, recupera la gracia de la resurrección de Dios en ti. Vuelve a Galilea, vuelve a tu Galilea…”
Concluía el Papa León XIV: Al igual que las mujeres, que corrieron a anunciarlo a los hermanos, también nosotros queremos llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad… Faltan en nuestros días sepulcros que abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles. Algunas oprimen el corazón del hombre, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor; otras, consecuencia de las primeras, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones. ¡No dejemos que nos paralicen! Muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, con la ayuda de Dios, las han removido, quizá con mucho esfuerzo, a veces a costa de la vida, pero con frutos de bien de los que aún hoy nos beneficiamos. No son personajes inalcanzables, sino personas como nosotros que, fortalecidas por la gracia del Resucitado, en la caridad y en la verdad, tuvieron el valor de hablar, como dice el apóstol Pedro, con «palabras de Dios» (1 P 4,11) y de actuar «como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios sea glorificado en todas las cosas»
Dejémonos inspirar por su ejemplo y, , hagamos nuestro su compromiso, para que en todas partes y siempre, en el mundo, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y la paz.
Tomado de [
https://www.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2014