Hoy les invito a seguir profundizando en aquello que todavía nos frena para amar a Dios, para dejarnos amar por Él y, finalmente, para hacerlo amar por los demás. En nuestro último encuentro hablábamos de cuatro grandes muros: la impaciencia, el juicio, los ídolos y el miedo. Pero hoy queremos dar un paso más allá y mirar de frente a la raíz de muchos de esos males: la falta de aceptación.
A veces nos castigamos con la culpabilidad y el temor, olvidando que el sufrimiento que cargamos es, casi siempre, proporcional a la resistencia que le ponemos a nuestra propia realidad. Para transformar nuestra vida, debemos empezar por permitirnos el derecho de equivocarnos. Necesitamos darnos el derecho de cometer errores y la humildad de aprender de ellos, porque solo así avanzamos.
Lo que negamos, lo que escondemos bajo la alfombra de nuestra alma, termina gobernando nuestras decisiones y creando heridas que nos impiden ser nosotros mismos. En cambio, aceptar no es resignarse; es un acto de fortaleza que nos permite mirar de frente la situación para poder, al fin, gestionarla con paz.
Esta realidad humana se entrelaza de forma hermosa con la Palabra de Vida de los Focolares que nos acompaña: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”.Lc 24,29 Esta frase nos sitúa en el camino de Emaús, con esos discípulos que caminaban desencantados, huyendo de sus sueños rotos. Ellos volvían a casa para retomar la vida de antes, la de antes de conocer al Maestro, porque la desilusión les había ganado la partida. Se alejaban de Jerusalén, del proyecto que les había dado sentido, porque les parecía que la única respuesta al malestar era volver atrás y rendirse.
¿Cuántas veces no hemos sentido que esa posada de Emaús es nuestra propia casa? Son esas tardes donde sentimos que Cristo ha muerto en nosotros y que ya no hay esperanza. Pero es justo ahí, en medio de esa oscuridad, donde necesitamos introducir una herramienta que nos ayude a entendernos: el FID.
Este concepto de la inteligencia emocional mide cómo experimentamos y manifestamos lo que sentimos, y se compone de tres dimensiones críticas:
- Frecuencia: Se refiere a cuántas veces aparece una emoción específica en un periodo de tiempo. Si me descubro sintiendo culpa diez veces al día, esa alta frecuencia está reforzando un programa mental de castigo. Es el “ritmo” con el que repetimos un estado interno.
- Intensidad: Mide la fuerza o magnitud de la emoción. Es la potencia con la que el sentimiento nos golpea. No es lo mismo un temor leve que un pánico que nos paraliza. Del 1 al 10, la intensidad determina qué tan profunda es la huella que esa emoción deja en nuestro sistema nervioso.
- Duración: Es el tiempo que la emoción perdura desde que se activa hasta que disminuye. ¿Me quedo triste por diez minutos o arrastro la desilusión durante semanas? La duración es lo que permite que una emoción se convierta en un estado de ánimo y, finalmente, en un rasgo de nuestra personalidad.
Estos tres factores —el tiempo que algo dura, la fuerza con que se siente y las veces que se repite— crean un “campo de información”. Cuanto más tiempo dura una conducta o creencia insana, más veces se repite y más intensa es, más posibilidades tiene de convertirse en una “impronta” en nuestro inconsciente. Es así como terminamos diciendo “yo soy así”, cuando en realidad solo estamos reproduciendo un programa grabado por la repetición de miedos y juicios.
Cuando sentimos culpa, temor o juicio, debemos preguntarnos: ¿Con qué frecuencia aparecen estos sentimientos en mi día? ¿Qué intensidad o fuerza tienen del uno al diez? ¿Y cuánto tiempo permito que duren en mi corazón? Si dejamos que una emoción negativa se repita muchas veces, con mucha fuerza y durante mucho tiempo, terminamos creando un “hábito” en nuestro inconsciente. Es entonces cuando decimos erróneamente “yo soy así”, cuando en realidad solo estamos reproduciendo un programa que nosotros mismos hemos alimentado.
La buena noticia es que, si un hábito se construye así, también se transforma así. No se trata de pelear contra lo que está mal, sino de crear algo nuevo y sano. Si tomamos la Palabra de Vida y la vivimos con intensidad, si la repetimos con frecuencia y hacemos que su efecto dure en nuestro tiempo, empezaremos a grabar una nueva impronta en nuestra alma. Es un acto de voluntad consciente: poner atención para evolucionar. Y todo esto lo hacemos sobre la base más firme que existe: la fidelidad de Dios. El profeta Isaías 54,10 nos regala una promesa asombrosa: “Aunque cambien de lugar las montañas y se tambaleen las colinas, no cambiará mi inquebrantable y fiel amor por ti”. Pensemos en eso por un momento. Las montañas son lo más estable que conocemos, pero Dios dice que incluso si ellas se desmoronaran, Su amor por nosotros seguiría intacto. Su amor es fiel, no tiene límites ni condiciones; no depende de que hagamos las cosas bien o de que no nos equivoquemos.
Dios es fiel incluso cuando nosotros fallamos o cuando huimos hacia Emaús. Él ha hecho con nosotros un pacto de paz y nos mira con una compasión inmensa, entendiendo nuestras luchas. Por eso, hoy la invitación es a soltar la resistencia, a dejar de juzgarnos y a decirle con confianza: “Señor, quédate con nosotros, quédate en mi realidad, quédate en mis errores”. Al final, la transformación no depende de nuestras fuerzas, sino de nuestra capacidad de dejarnos abrazar por ese Amor que es más firme que cualquier montaña.
Es entonces que entendemos que todo este esfuerzo de re-programación y aceptación humana sería estéril si no estuviera anclado en la Fidelidad de Dios, pues como acabamos de meditar en el pasaje del profeta Isaías, aunque las montañas se muevan y las colinas tiemblen —símbolos de lo más firme y estable del mundo—, el amor de Dios por nosotros permanece inalterable. Su fidelidad no es una respuesta a nuestra perfección; es un pacto de paz inquebrantable que no depende de nuestros aciertos o fracasos. Dios nos mira con compasión, entendiendo que el proceso de transformación requiere tiempo y paciencia.
Y podremos concluir que integrar la Palabra de Vida de los Focolares con esta comprensión psicológica del FID, nos ayuda a descubrir que dejarse amar por Dios es la decisión más valiente que podemos tomar. Es aceptar que Su fidelidad es el suelo firme sobre el cual podemos permitirnos fallar, aprender y, finalmente, evolucionar hacia esa unidad y paz que Él nos ha prometido.
Canción:
https://youtu.be/HORVvV8uqkY?si=tiSibCm5tPf1mirW
Tomado de
- https://psicologiaymente.com/clinica/mas-importante-que-autoestima-autocompasion
- https://norayterapia.com/intensidad-frecuencia-y-duracion/
- https://ciudadnueva.com.ar/categoria/palabra-de-vida/