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Liturgia del 15 de marzo 2026. ¡Una mirada al Corazón!

Posted on marzo 15, 2026marzo 14, 2026

LITURGIA DE LA PALABRA.

Introducción:

Este domingo llamado Laetare (Alegría) porque  la Pascua está cerca, Y Pascua es redención, por eso la liturgia  nos va a ofrecer ahora la experiencia de celebrar a Cristo como luz que cura la ceguera de la humanidad, ese  que nos unge porque Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón.

La Pascua está cerca y el Señor quiere comunicarnos toda la alegría de la Resurrección. Dispongámonos para acogerla y celebrarla. «Vete, lávate», nos dice Jesús… ¡A lavarnos en las aguas purificadoras del sacramento de la Penitencia! Ahí encontraremos la luz y la alegría, y realizaremos la mejor preparación para la Pascua.

 

PRIMERA LECTURA del primer libro de Samuel 16, 1b. 5b-7. 10-13a

El Señor dijo a Samuel: “¡Llena tu frasco de aceite y parte! Yo te envío a Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos al que quiero como rey”.

Samuel fue, purificó a Jesé y a sus hijos y los invitó al sacrificio. Cuando ellos se presentaron, Samuel vio a Eliab y pensó: “Seguro que el Señor tiene ante Él a su ungido”.

Pero el Señor dijo a Samuel: “No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque Yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón”.

Así Jesé hizo pasar ante Samuel a siete de sus hijos, pero Samuel dijo a Jesé: “El Señor no ha elegido a ninguno de éstos”.

Entonces Samuel preguntó a Jesé: “¿Están aquí todos los muchachos?” Él respondió: “Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño”.

Samuel dijo a Jesé: “Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue aquí”.

Jesé lo hizo venir: era de tez clara, de hermosos ojos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: “Levántate y úngelo, porque es éste”.

Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David.

Reflexión

La primera lectura de este domingo nos relata la unción de David. El encuentro de Samuel con la familia de Jesé  constituye el centro del relato. Al profeta le basta ver a Eliab para convencerse que es el elegido del Señor. Samuel se ha dejado llevar por las apariencias, a pesar de estar cerca de Dios, utiliza criterios muy humanos. Jesé va presentando a sus otros hijos mientras escucha el mismo mantra: “Tampoco a éste ha elegido el Señor”. Sólo queda David, el que no cuenta ni siquiera para su padre, es “el pequeño”, y está “cuidando las ovejas”. David causa buena impresión: “de buen color, hermosos ojos y buen tipo”; pero no es la belleza o la apariencia lo que atrae la atención de Dios sino su pequeñez. A partir de su unción, el espíritu del Señor invade a David y ya no le abandonara. El Señor siempre mira el corazón del ser humano y toma partido por el pequeño y el débil. ¿Cómo es nuestra mirada?¿Vemos por apariencias o miramos el corazón de las personas?

 SALMO RESPONSORIAL 22, 1-6

R/. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

El Señor es mi pastor, nada me puede faltar. Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas. 

Me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre. Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza. 

Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos; unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa. 

Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor, por muy largo tiempo. 

Reflexión:

El salmista nos  invita a confiar plenamente en la providencia divina  y permitir que la luz de Cristo ilumine las “cegueras” personales, profesando con acciones la fe en el Señor.

 

SEGUNDA LECTURA del Apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 5, 8-14

Hermanos: Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz.

Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia. Es verdad que resulta vergonzoso aun mencionar las cosas que esa gente hace ocultamente. Pero cuando se las pone de manifiesto, aparecen iluminadas por la luz, porque todo lo que se pone de manifiesto es luz.

Por eso se dice: “Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará”.

Reflexión:

San Pablo nos invita a vivir  como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz), buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. El mismo san Pablo alude a la oscuridad como fruto del pecado, y nos pide que actuemos como “hijos de la luz”, realizando el bien y buscando realizar la voluntad de Dios. Además, la luz sirve para que las cosas se hagan al descubierto, sin engaños y sin mentiras. La luz necesita de nuestra colaboración para que el bien se extienda a los demás, y eso exige una gran responsabilidad por nuestra parte. Hay veces que decir la verdad (y esa es su conexión con la luz) supone un escándalo para aquellos que viven en la oscuridad, ya que prefieren vivir con “su” mentira, pues les resulta mucho más cómodo, y lejos de otras complicaciones.

También hay una luz, en el interior del hombre, que hace poner las cosas en su sitio, y esa luz es la de la conciencia. Todos hemos pasado alguna vez por la experiencia de entrar a un lugar a oscuras, y andamos como a tientas. No reconocemos los objetos, e incluso podemos tropezar en cualquier sitio… nos sentimos verdaderamente incómodos. También, en un lugar oscuro es difícil percibir el orden de las cosas, y mucho menos si hay que hacer una limpieza en ese lugar: no sabremos dónde encontrar el polvo. Sin embargo, conforme vamos iluminando esa estancia, vamos distinguiendo los objetos, y sabremos descubrir la falta de orden, o si es necesaria una limpieza a fondo. De la misma manera actúa la conciencia en el ser humano. Es necesaria su luz para discernir aquello que realmente nos conviene, iluminando nuestro entendimiento para que la voluntad actúe conforme al querer de Dios

 

EVANGELIO según san Juan 9, 1-41

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”

“Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús-; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.

Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”.

El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.

Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?”

Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”.

Él decía: “Soy realmente yo”.

Ellos le dijeron: “¿Cómo se te han abierto los ojos?”

Él respondió: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi”.

Ellos le preguntaron: “¿Dónde está?”

Él respondió: “No lo sé”.

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le

abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.

Él les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”.

Algunos fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”.

Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?” Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?” El hombre respondió: “Es un profeta”.

Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres respondieron: “Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta”.

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: “Tiene bastante edad, pregúntenle a él”.

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Glorifica a Dios.

Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”.

“Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo”.

Ellos le preguntaron: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?”

Él les respondió: “Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”

Ellos lo injuriaron y le dijeron: “¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste”.

El hombre les respondió: “Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo

honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”.

Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?” Y lo echaron.

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”

Él respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”

Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.

Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante Él.

Después Jesús agregó: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven”.

Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?” Jesús les respondió: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece”.

Reflexión:

Los ciegos en el Evangelio representan a los que no creen, pues la fe son los ojos del alma. De manera que este hombre representa a los que han nacido fuera del cristianismo.

Sin embargo, lo más importante en esta ocasión no es hablar del origen de la ceguera, sino el contraste que hace este episodio, el cual de forma por demás dramática, nos presenta el contraste entre el hombre que nace ciego, que es un pagano, y aquellos que teniendo ojos sanos, viven en la más absoluta oscuridad, los expertos en la ley. 

Esta escena, como la mayoría en el Evangelio de Juan, no es solo un milagro del pasado, es una radiografía de nuestra resistencia actual a la conversión. Uno de los problemas de haber nacido en la Iglesia Católica, igual que en otras denominaciones cristianas, es el creer que ya somos santos, que ya no necesitamos convertirnos. 

Esta situación impide que Dios actúe en nosotros y el problema no es nuestro pecado, sino nuestra soberbia. Los fariseos del relato encarnan esta tragedia, ellos creen ver al estar convencidos de que poseen la verdad, la ley y la visión correcta, eso hace que cierren la puerta a la novedad de Dios.

Cuando afirmamos ‘yo ya sé’, ‘yo ya entiendo’, ‘yo no necesito cambiar’, nos volvemos impermeables a la gracia negándonos a participar de cursos, retiros, encuentros, etc. 

Nos explicaba el Papa Benedicto XVI: “También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos “ciegos”. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados”. 

La Cuaresma nos tiene que ayudar a reconocer que en realidad todos somos ciegos espirituales, tenemos ceguera ante el sufrimiento ajeno que hemos decidido no mirar; tenemos ceguera ante nuestras propias faltas, justificándolas constantemente; tenemos ceguera ante la presencia de Dios en lo cotidiano.  Esta ceguera impide que Dios pueda actuar en nosotros y llevarnos a una conversión más seria y más profunda; impide que nos abra los ojos a la verdad y a su amor. 

El ciego de nacimiento acepta su condición y permite que Jesús actúe en él con barro y con agua. La verdadera visión no consiste en ver cosas nuevas, sino en ver todo de una manera nueva, a través de los ojos de la fe. Solo cuando bajamos la guardia y confesamos: ‘Señor, no veo, ayúdame’, permitimos que la luz de Cristo disipe nuestras sombras. 

La ceguera reconocida es el espacio donde Dios comienza su obra más bella: hacernos ver. Recuerda, la peor ceguera no es no ver, la peor ceguera es creer que vemos. Solo el que se deja iluminar por Cristo puede caminar verdaderamente en la luz.

Conclusión.

Este cuarto domingo de Cuaresma pone el foco en las formas de mirar y la manera de mirar de Dios. La mirada de Samuel, que aprende a discernir sin dejarse seducir por el brillo. La mirada de Pablo, que no empieza por “haz” esto o lo otro, sino por “eres…” luz en el Señor. Y la mirada de Jesús, que al encontrarse con un ciego de nacimiento rompe el reflejo automático de buscar culpables. No pregunta “qué pasó”, sino “quién eres tú”. Y eso lo cambia todo.

Hoy vivimos rodeados de opiniones, diagnósticos, sentencias, polarizaciones. Se discute de todo, se opina de todos, pero cuesta mirar de verdad. Mirar sin juzgar de entrada; mirar hasta reconocer un rostro.

“¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. Esta pregunta también la hace el Señor a cada uno de nosotros. Y el lugar más adecuado es el templo más sagrado que tenemos en nuestro interior: la conciencia. Sólo es posible una respuesta sincera cuando se hace desde la verdad, que es el ejercicio más grande de la libertad. Nadie puede sustituirte en este tipo de cuestiones, pues corresponden a lo más íntimo y personal, algo que nadie puede hacer en nombre tuyo. 

La palabra de Dios nos invita a revisar nuestras cegueras: en la familia, en la Iglesia, en el trabajo, en el aula, en la calle. Y también a pedir sin dramatismos: “Señor, cura mi mirada y enséñame a ver”. Porque a veces el milagro no es ver más cosas, sino ver mejor. 

¡Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará!.

Oración para el Tiempo de Cuaresma:

Señor Jesús, Tú que venciste al mal, danos fuerza para superar nuestras debilidades. 

Qu el ayuno nos despierte al hambre de justicia, la oración nos aceque a Tu corazón y que nuestra generosidad sea signo de fraternidad.

Acompáñanos en este camino de conversión, para que lleguemos a La Pascua con un corazón renovado. Amén.

Tomado de: 

  • Folleto La Misa de Cada Día
  • https://www.eucaristiadiaria.cl/dia_cal.php?fecha=2026-03-15
  • Diario Bíblico 2026. Misioneros Claretianos.
  • https://oracionyliturgia.archimadrid.org/2026/03/15/
  • https://www.evangelizacion.org.mx/evangelio-de-hoy
  • https://evangeli.net/evangelio
  • https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/19-1-2016/

Palabra de Vida Mes de Marzo.«Levántense, no tengan miedo.» Mt 17,7 https://ciudadnueva.com.ar/categoria/palabra-de-vida/

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