𝐂𝐄𝐍𝐈𝐙𝐀: 𝐄𝐋 𝐂𝐎𝐌𝐈𝐄𝐍𝐙𝐎 𝐃𝐄 𝐋𝐀 𝐕𝐄𝐑𝐃𝐀D
Cada año iniciamos la Cuaresma con un gesto que podría parecer pequeño, pero es profundamente radical: una cruz de ceniza en la frente. No es adorno, no es tradición vacía, no es símbolo folclórico. Es una declaración espiritual.
La ceniza es un signo de penitencia. Benedicto XVI lo explicó con claridad: nos invitaba a intensificar el compromiso de conversión, a volver el corazón hacia Dios. No es tristeza estéril; es decisión interior. El Directorio sobre Piedad Popular y la Liturgia (n. 125) recuerda que no es un gesto exterior aislado, sino expresión de un corazón que quiere cambiar.
Aquí está el primer punto clave: La ceniza no se impone para marcar la frente. Se impone para despertar el alma.
En la Sagrada Escritura, la ceniza fue signo de luto, de súplica y de arrepentimiento (Jer 6, 26; Dan 9, 3; Jdt 4,11). En el Antiguo Testamento nadie se cubría de ceniza por costumbre social. Era un acto de humillación sincera ante Dios. Era reconocer: “He fallado. Necesito tu misericordia”. Y esa dimensión no ha cambiado.
El sacerdote pronuncia palabras que incomodan:
“Recuerda que polvo eres y al polvo volverás.”
No es amenaza… Es verdad antropológica. El Catecismo enseña que el hombre es creado del polvo de la tierra y animado por el soplo de Dios (CIC 362). Somos frágiles, sí. Pero habitados por Dios.
La ceniza nos recuerda dos cosas inseparables: Nuestra fragilidad y nuestra necesidad de conversión.
Vivimos como si fuéramos permanentes. Planificamos como si el tiempo nos perteneciera. Acumulamos como si nada fuera a terminar. Y la ceniza viene a decirnos con sobriedad: no eres eterno aquí. Lo eterno se juega ahora.
Desde los primeros siglos, los cristianos usaban la ceniza como signo público de penitencia. En el siglo XI el rito se estableció oficialmente el Miércoles de Ceniza y desde entonces la Iglesia lo conserva como inicio del camino cuaresmal. No como teatro religioso, sino como pedagogía espiritual.
La ceniza no es magia. No perdona automáticamente.
No sustituye la confesión.
No reemplaza la conversión… Es un inicio.
El P. Antonio Lobera lo decía con claridad: la penitencia debe ir acompañada de arrepentimiento y dolor por haber ofendido a Dios. Sin dolor sincero, la ceniza se queda en polvo exterior. Con arrepentimiento verdadero, se convierte en camino de gracia. Y aquí está lo decisivo: La Cuaresma no es una temporada triste. Es una oportunidad seria. Es tiempo de revisar la vida.
De cortar lo que daña.
De ordenar prioridades.
De reconciliarnos.
La ceniza no es símbolo de muerte definitiva. Es símbolo de humildad que abre espacio a la Resurrección. Porque solo quien reconoce su polvo puede comprender la grandeza de la Pascua.
Hoy la pregunta no es si recibiste ceniza. La pregunta es: ¿Recibiste el llamado? Porque la cruz en la frente desaparece en horas. Pero la conversión debe permanecer.
¡Paz y Bien!
Tomado del Ricnconcito Franciscano.