Hemos ido avanzando en este tema, iniciamos con algunos datos de la Iglesia formada por Jesús y los apóstoles, pasamos a Iglesia como comunidad funcional y describimos someramente la Jerarquía que hoy rige esa funcionalidad.
Reflexionamos acerca de cómo se hace realidad, la vivencia de la Iglesia como una comunidad y la Iglesia como comunidad de fe..
Y la semana pasada dimos algunas pinceladas acerca del tema de los laicos en la Iglesia, deberes y derechos su importante aporte a la sociedad.
Hoy trataremos las maneras espedíficas como esta comunidad de fe se comporta. Y para iniciar deseo aclarar que debemos evitar planteamientos meramente abstractos e idealistas. Proseguiremos, por lo tanto, indicando algunas maneras específicas como la comunidad de fe se comporta como ambiente o ecología donde se realizan y se hacen posible diversas prácticas y experiencias que contribuyen, directa o indirectamente, al cuidado, sostén y apoyo, orientación, reconciliación, y sanidad de personas, familias y grupos, quienes de alguna forma se relacionan con la vida y el ministerio de aquélla. Cuando con tal ángulo de mira consideramos a las comunidades donde participamos, vale reconocer y apreciar determinados rasgos o «marcas», a la manera de indicadores que hemos agrupado bajo los tres nombres de pueblo de Dios, cuerpo de Cristo, y hermandad o morada del Espíritu, las cuales deben considerarse interrelacionadas.
1. Pueblo del pacto, pueblo de Dios. En tanto pueblo del pacto (1 Pedro 2:9-10), la iglesia procura vivir según el llamamiento a la comunión reverente y leal, conforme a la voluntad divina expresada en los imperativos, promesas y metas propios de la política de Dios. Como pueblo del pacto hemos de crecer en madurez y fidelidad. Esta cualidad y criterio del crecimiento expresa la necesidad de que vivamos a tono con el proyecto y la actividad de Dios en la historia. El reto clave aquí es discernir en qué medida la obra y el crecimiento eclesial corresponde auténticamente a la vocación del pueblo del pacto y hasta qué punto converge con los propósitos y los actos de Dios revelados en la Escritura y discernidos históricamente por la comunidad de fe. En tanto pueblo del pacto y pueblo de Dios, la iglesia vive como comunidad sanadora porque (o, mejor dicho, en la medida que) refleja rasgos y cualidades como las siguientes:
- Un sentido de pertenencia y de referencia como pueblo con una trayectoria y un destino afirmados como tales, especialmente en la adoración y la educación.
- Autenticidad en las expresiones de alabanza y acción de gracias (en palabra, cántico, etc.) junto con el cultivo de la gratitud, el reconocimiento de la gracia divina, y la celebración alegre.
- Práctica de la oración y de la confesión en particular; experiencias de perdón y de absolución, reconciliación.
- Experiencia de aceptación divina incondicional, y también de parte de la hermandad («tal como soy…» «…la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no ha sido en vano», I Corintios 15:10).
- Práctica y experiencia de la guía y la corrección del Espíritu de Dios por medio de la proclamación, la enseñanza, y otras formas.
- Rituales especiales de sanidad (con oración, ungimiento con aceite, exorcismos, intercesiones, etc.).
- práctica de dar y recibir testimonios del caminar cotidiano por los senderos de la fe cristiana y el reino de Dios.
Es evidente que en este modesto primer cuadro de la iglesia como comunidad sanadora se destaca la realidad central de la adoración de cara a la identidad de aquélla como pueblo de Dios, es decir, pueblo del pacto llamado a crecer en fidelidad y lealtad. Resultará evidente también que este cuadro necesita integrarse con los dos que esbozaremos a continuación.
2. Cuerpo de Cristo. En tanto cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:27), la iglesia es un organismo viviente constituido por miembros diversos con funciones y talentos complementarios entre sí. Somos en verdad un cuerpo llamado a crecer en santidad y comunión, a desarrollar y madurar en auténtica espiritualidad. Esta cualidad y criterio de crecimiento expresa la necesidad de vivir en presencia de la dinámica del Espíritu de Dios. El reto clave aquí es discernir en qué medida la obra y el crecimiento de la iglesia responden a la inspiración y guía del Espíritu y en qué medida representa el «fruto del Espíritu». Por ejemplo, ¿se refleja una fe vital expresada por medio del amor, el gozo, la paz, la esperanza… (Gálatas 5:22-25)? En tanto cuerpo de Cristo, la iglesia vive como comunidad sanadora en la medida que demuestra características como las siguientes:
- Experiencia multiforme de la comunión, en el sentido de amor fraternal, compañerismo, solidaridad y mutualidad.
- Prácticas de ayuda mutua, cadenas de oración intercesoras, grupos de sostén y apoyo, etc.
- Práctica de resolución de conflictos, junto con el aprendizaje y cultivo de las destrezas de comunicación y de mediación.
- Práctica de la disciplina de la reconciliación (incluyendo guía, consejo, amonestación, confrontación, confesión, perdón, reconciliación y restauración).
- Práctica frecuente de la comunidad eclesial mediante encuentros de oración y estudio bíblico, reflexión y discernimiento para la toma de decisiones específicas (por ejemplo, relativas a situaciones de familia, finanzas, cuestiones relativas a la política y la moralidad y fe, etc.), orientación y asistencia, etc.
- ¿Otras marcas…?
La iglesia como comunidad sanadora, la realidad central que se destaca corresponde a la vida comunitaria como tal. Es decir, la iglesia está llamada y potenciada para convertirse en familia de Dios de cara a su identidad como cuerpo de Cristo que necesita crecer en espiritualidad y comunión. Tal crecimiento, y por lo tanto crecimiento también en cuanto comunidad de salud, obviamente requiere su desarrollo armonioso como pueblo del pacto y morada del Espíritu, como señalaremos a continuación.
3. Hermandad y morada del Espíritu. En tanto hermandad y morada o templo del Espíritu (Efesios 2:22) en medio de la sociedad, la iglesia es una compañía de discípula(o)s llamados a expresar en maneras pertinentes y con discernimiento el amor de Dios en el mundo y por el mundo, en hechos, relaciones, presencia y palabra. Metafóricamente hablando, el Espíritu Santo actúa como el sistema nervioso que hace posible el señorío de Jesucristo sobre su cuerpo, la iglesia. Y ésta a su vez actualiza y contextualiza la operación de las manos, los pies, y la boca de Jesucristo en la historia. Somos en verdad esa comunidad llamada a crecer en apostolicidad y unidad, a desarrollarse y madurar en encarnación. Esta cualidad y criterio de crecimiento expresa la necesidad de establecer de continuo la raigambre histórica de la tarea y el testimonio de la iglesia y la validez de sus expresiones particulares de la fe y del evangelio. Por lo tanto, el reto clave en este caso es determinar en qué medida la obra y el crecimiento de la iglesia representa encarnadamente la presencia solidaria de Jesucristo frente al dolor y la perdición de los seres humanos y la creación toda. En tanto morada del Espíritu, la iglesia vive y ministra como comunidad de salud o comunidad sanadora no solamente en relación a sus miembros sino también mediante su presencia y acción en medio de la sociedad y la cultura. La fidelidad y pertinencia de su vocación en este sentido se verifica en la medida que refleja consistentemente rasgos como los siguientes:
- Discernimiento y vivencia de los propósitos y la actividad de Dios en el mundo (creación, cuidado y sostén; liberación, redención, reconciliación y sanidad; renovación y potenciación, conducción a toda verdad).
- Experiencia y práctica de la compasión solidaria, y de la ética y la política de la compasión como forma privilegiada del amor de Dios.
- Participación, concreta y práctica en los propósitos y actividades del Espíritu de Dios, entendida como la misión divina, en presencia, palabra, y acción que comunican el evangelio—buenas noticias (y buena realidad)—del reino y la salvación (salud integral) que Dios ofrece y hace posible.
- Involucramiento a favor de la libertad, la justicia, la paz (incluyendo la palabra profética, el servicio, la acción social, abogar por quienes no tienen voz, etc.) según el horizonte que abre la esperanza.
Como último cuadro indicador de la iglesia como comunidad sanadora, se destaca por cierto la dimensión de vocación y misión. Es decir que la comunidad de fe, en tanto hermandad y morada del Espíritu, está llamada a crecer en encarnación como representante de Jesucristo, cuya función integralmente terapéutica, diríamos, concretiza el amor al prójimo en contextos y situaciones particulares. Cabe reiterar que tal crecimiento supone e implica el desarrollo armonioso de las otras dos dimensiones también.
Por último, podríamos decir que estas referencias a la naturaleza trinitaria de la iglesia también pueden expresarse con las conocidas palabras de Miqueas 6:8 sobre lo que Yahvé ha declarado como bueno y lo que reclama de los fieles: «solamente hacer justicia [encarnación], amar con misericordia [espiritualidad], y humillarte delante de tu Dios [fidelidad]».
La Iglesia, nuestra madre .
La Iglesia es nuestra Madre, pues en su seno somos engendrados y nos da a luz como hijos de Dios. Ella nos alimenta espiritualmente, y nos ayuda a crecer para que estemos maduros para el Reino de los cielos. La Iglesia es verdaderamente nuestra madre. Una madre que nos da vida en Cristo y que nos hace vivir con los demás como hermanos y hermanas en la comunión del Espíritu Santo. En su maternidad, la Iglesia tiene como modelo a la Virgen María, el modelo más bello y más alto que pueda uno tener.
La Iglesia, en la fecundidad del Espíritu, continúa generando nuevos hijos en Cristo, siempre en la escucha de la Palabra de Dios y en la docilidad a su diseño de amor. La Iglesia es madre. El nacimiento de Jesús en el seno de María, es el preludio del nacimiento de todo cristiano en el seno de la Iglesia, desde el momento que Cristo es el primogénito de una multitud de hermanos. El primer hermano es Jesús, nació de María, es el modelo y todos los demás hemos nacido de la Iglesia.
Comprendemos, entonces, que la relación que une a María y a la Iglesia es muy profunda: mirando a María, descubrimos los rostros más bellos y tiernos de la Iglesia; mirando a la Iglesia reconocemos las características sublimes de María. Los cristianos no somos huérfanos, tenemos a una madre, tenemos a nuestra madre.
La Iglesia es madre, María es madre. Veamos que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica:
964 El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. “Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte” (LG 57). Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión:
«La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba amorosamente su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima que Ella había engendrado. Finalmente, Jesucristo, agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26-27)» (LG 58).
965 Después de la Ascensión de su Hijo, María “estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones” (LG 69). Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, “María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra” (LG 59).
… también en su Asunción …
966 “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. Pío XII, Const. apo. Munificentissimus Deus, 1 noviembre 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:
«En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no desamparaste al mundo, oh Madre de Dios. Alcanzaste la fuente de la Vida porque concebiste al Dios viviente, y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras almas (Tropario en el día de la Dormición de la Bienaventurada Virgen María).
… ella es nuestra Madre en el orden de la gracia
967 Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Por eso es “miembro supereminente y del todo singular de la Iglesia” (LG 53), incluso constituye “la figura” [typus] de la Iglesia (LG 63).
968 Pero su papel con relación a la Iglesia y a toda la humanidad va aún más lejos. “Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su obediencia, su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia” (LG 61).
969 “Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna […] Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (LG 62).
970 “La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres […] brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia” (LG 60). “Ninguna creatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor. Pero, así como en el sacerdocio de Cristo participan de diversas maneras tanto los ministros como el pueblo fiel, y así como la única bondad de Dios se difunde realmente en las criaturas de distintas maneras, así también la única mediación del Redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas una colaboración diversa que participa de la única fuente” (LG 62).
La Iglesia es nuestra madre porque nos ha dado a luz en el
Bautismo. Cada vez que un niño es bautizado, se convierte en hijo de la Iglesia. Y desde aquel día, como mamá cuidadosa, nos hace crecer en la fe y nos indica, con la fuerza de la Palabra de Dios, el camino de la salvación, defendiéndonos del mal.
En sus cuidados maternos, la Iglesia se esfuerza en mostrar a los creyentes el camino que hay que recorrer para vivir una existencia fecunda de alegría y de paz. Iluminados con la luz del Evangelio y sostenidos por la gracia de los Sacramentos, especialmente por la Eucaristía, podemos orientar nuestras elecciones al bien y atravesar con valentía y esperanza los momentos de oscuridad y los senderos más tortuosos que existen. La Iglesia tiene la valentía de una madre que sabe defender a sus propios hijos de los peligros que derivan de la presencia de Satanás en el mundo, para llevarnos al encuentro con Jesús.
Una madre siempre defiende a sus hijos. Esta defensa consiste también en la exhortación a estar vigilantes contra el engaño y la seducción del maligno. Porque, aunque Dios ha vencido a Satanás, él vuelve siempre con sus tentaciones. Lo sabemos todos nosotros. Hemos sido tentados, somos tentados. Resistir con los consejos de la madre, resistir con la ayuda de la madre Iglesia. Como buena madre siempre acompaña a sus hijos en los momentos difíciles. La Iglesia es nuestra Madre que procura nuestro bien, no sólo en esta vida, sino también en la otra.
El Bautismo es una especie de nuevo nacimiento. Por el Bautismo nos convertimos en hijos de Dios, de forma semejante a Jesús, que es el Hijo único y eterno de Dios. Por el Bautismo hemos recibido la salvación. Por el Bautismo entramos a formar parte de la Iglesia. Por el Bautismo recibimos también el Espíritu Santo, que habita en nosotros como en un templo, y es por medio de la Iglesia que recibimos el Bautismo, y este es el nacimiento nuevo y definitivo, es en el Bautismo que la Iglesia da a luz a sus nuevos hijos.
Hoy debemos rezar por nuestra Madre la Iglesia, porque la Iglesia es atacada por sus enemigos; y ya que nuestra Madre defiende a sus hijos, así los hijos debemos cuidar y defender a nuestra Madre.
Termino con un mensaje del Papa Francisco en el que afirma que …”el mundo actual es cada día más elitista y cada día es más cruel con los excluidos”. Además, indicó, “los países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados”.
“Las guerras afectan solo a algunas regiones del mundo; sin embargo, la fabricación de armas y su venta se lleva a cabo en otras regiones, que luego no requieren hacerse cargo de los refugiados, no quieren, no lo aceptan”, denunció.
“Quienes padecen las consecuencias son siempre los pequeños, los pobres, los más vulnerables, a quienes se les impide sentarse a la mesa y se les deja solo las ‘migajas’ del banquete”.
En ese sentido, Francisco reiteró su llamado a ser una Iglesia “en salida”, que “sabe tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces del camino para invitar a los excluidos, a los que nosotros mismos estamos excluyendo como sociedad”.
Canción
https://youtu.be/OhI6mI9nuu0?si=cLriv-MWjK6usHsT
Textos consultados
https://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p123a9p1_sp.html
https://omnesmag.com/actualidad/quien-manda-en-la-iglesia-y-como-se-organiza-internamente/
https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0049-34492003000200014
https://acfamilia.com/la-iglesia-como-comunidad-de-salud-y-cuidado/
https://es.catholic.net/op/articulos/23432/cat/792/los-derechos-y-deberes-de-los-fieles.html#modal
https://es.catholic.net/op/articulos/67056/cat/444/la-iglesia-nuestra-madre.html
Recopilado por Rosa Otárola D, /
Julio 2024.
“Piensa bien, haz el bien, actúa bien y todo te saldra bien”
Sor Evelia 08/01/2013.