En el evangelio del lunes (Mt 8, 18-22) Jesús, nos da algunas de las pistas al respecto; si prestamos atención a las peticiones, nos sorprendemos de cómo Jesús pone las reglas del juego a cada uno, veamos:
- El escriba (Maestro te seguiré adonde vayas), entonces él,
seguro de sus habilidades, tendrá que dejar de lado su comodidad, sus bienes, su prestigio…
- El otro discípulo piensa en bienes más altos (Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre),. No basta, aun las cosas buenas son poco en relación con lo que Cristo da.
Recordemos las reglas que nos puso Jesús en el bautismo, como renunciar al pecado; o en la primera comunión, ser un amigo al que se visita, por lo menos, todos los domingos; o de la confirmación, dar testimonio del amor de Dios a todos los que nos rodean; o de la confesión, el propósito de no volver a pecar; o del matrimonio, demostrar el amor como Dios lo quiere; del grupo parroquial, del movimiento al que pertenezco… en fin, de la misión a la que soy llamado.
Nos explica el Papa Francisco:”¿Por qué Jesús no había dado reglas siempre claras y de rápida resolución? He aquí la tentación del “eficientísimo”, del pensar que la Iglesia va bien si tiene todo bajo control, si vive sin sacudidas, con la agenda siempre en orden, todo reglamentado. Y es también la tentación de la casuística. Pero el Señor no procede así; en efecto no manda a sus seguidores una respuesta desde el cielo, envía al Espíritu Santo. Y el Espíritu no viene trayendo el orden del día, viene como fuego. Jesús no quiere que la Iglesia sea una maqueta perfecta, que se complace de su propia organización y es capaz de defender su buen nombre.
Pobres esas iglesias particulares que se afanan tanto en la organización, en los planes, intentando tener todo claro, todo distribuido. A mí me hace sufrir. Jesús no vivió así, sino en camino, sin temer las sacudidas de la vida. El evangelio es nuestro programa de vida, allí esta todo. Nos enseña que las cuestiones no se enfrentan con la receta ya lista y que la fe no es una hoja de ruta, sino un «Camino» (Hechos 9, 2) que hay que recorrer juntos, siempre juntos, con espíritu de confianza.”
El documento de Aparecida en el 383, nos dice que se vive en “la vivencia personal y comunitaria de las bienaventuranzas:la evangelización de los pobres, el conocimiento y cumplimiento de la voluntad del Padre, el martirio por la fe, el acceso de todos a los bienes de la creación, el perdón mutuo, sincero y fraterno, aceptando y respetando la riqueza de la pluralidad, y la lucha para no sucumbir a la tentación y no ser esclavos del mal.”
La Iglesia como una comunidad: El Papa Francisco nos indica que “de acuerdo al pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles (4,32). La Iglesia es la comunidad de los nuevos cristianos; un pueblo recién nacido, una Iglesia donde nadie pasa necesidad. Eso es comunidad.
El modo de vivir de una comunidad cristiana, de quienes creen en Jesús, es necesario construir un clima en el que reine la paz, una comunidad en paz. Esto significa que en esa comunidad no había espacio para las murmuraciones, las envidias, las calumnias, las difamaciones, sino sólo para la paz. Porque el perdón, el amor, lo cubría todo.
Para calificar a una comunidad cristiana de este modo debemos preguntarnos: ¿cuál es la actitud de los cristianos? ¿Son mansos, humildes? ¿En esa comunidad hay luchas entre ellos por el poder, conflictos por la envidia? ¿Se critica? Entonces no van por la senda de Jesucristo”.
Afirmamos que la Iglesia es una Comunidad de Fe. Si recurrimos a algunos aspectos de la teoría de la acción comunicativa , podemos afirmar que la Iglesia es “el espacio social” de la fe. En efecto, toda acción en donde los hombres intentan entenderse entre sí, a pesar de todos sus límites y fallos, supone una estructura comunicativa que permita tal comunicación. Entraña un consenso mínimo que permita esa comunicación: objetivos comunes, expectativas compartidas, y el supuesto fundamental de que se desea y se es capaz de comunicarse. En ese sentido todo acto comunicativo supone una comunidad de comunicación “ideal” como condición de posibilidad trascendental para tal comunicación . A la luz de eso, en un primer nivel de comprensión, podemos concebir a la Iglesia como ese espacio “ideal” que permite la fe y el encuentro con Dios. Ahora bien, este espacio social mediador supone algo común entre los sujetos comunicantes, un medio de coincidencia que no se identifique sin más con esos mismos sujetos, que a su vez son diversos entre sí. Supone entonces “un ‘medio’ social diverso de ellos, relativamente autónomo y capaz de conciliarlos entre sí” . Sin embargo, este medio social no se da con total independencia de los sujetos, sino que se realiza como su expresión objetivada, mediante el lenguaje. La comunidad es el resultado de la interacción de las personas, pero a la vez, es el espacio posibilitador de esa misma interacción y comunicación. De ahí que se pueda afirmar que la comunidad es algo más que la suma de sus miembros.
Podemos afirmar entonces que la Iglesia como comunidad de fe ha surgido de la acción del Espíritu y de la respuesta de fe de los hombres, pero a la vez, es el supuesto teológico de la fe, y por lo tanto, posee “una prioridad relativa ante los distintos creyentes” . En efecto, así como la comunicación interhumana se realiza en referencia a una comunidad de comunicación universal, así también la comunidad de los creyentes se constituye en referencia al reino de Dios presente germinalmente en la Iglesia (cf. LG 5). Ahora bien, este espacio social de la fe es el mismo Pueblo de Dios, todos los bautizados, que realizan de una manera común los diversos modos existenciales de la fe común. Es la forma institucional-sacramental de la Iglesia y las diversas formas sociales de vida que plasman el modo de vida creyente. Todo ello nace como expresión objetivada de la fe individual, pero a la vez es más que ella y es anterior a la fe de cada individuo: le es transmitida a cada generación desde el inicio, salvando con ello la identidad y la integridad de la fe y por lo tanto de la “responsalidad” a la que ella apunta: el Dios revelado por Cristo.
Así pues, la Iglesia como espacio social de la fe es mucho más que la simple reunión de los creyentes. Como espacio “vital” de la fe, ella está dada constitutivamente en cada realización personal, en cuanto sacramento de la presencia y acción de Cristo y del Espíritu, y por lo tanto, “como fundamento de posibilidad de la fe personal y comunitaria”. La Iglesia transmite a cada creyente la fe común y la articula en cada uno de ellos a modo personal y comunitario, en cuanto espacio de encuentro con el Dios revelado por Jesucristo. Eso significa que la Iglesia es sacramento, es decir, signo e instrumento de comunión con Dios y los hombres.
La iglesia está llamada a ser la comunidad alternativa de Dios en el contexto de la situación histórica, o sea, «la ciudad asentada sobre un monte» (Mateo 5:14). Con atrevimiento y, de hecho, a tono con la declaración de la Carta a los Efesios sobre la «plenitud» de Dios y de Cristo (Efesios 3:19; 4:13), podríamos decir que en la expectativa divina la iglesia ha de ser en principio el sueño y el proyecto de Dios en proceso de realización. En su vida y obra la iglesia continúa desarrollando el ministerio liberador, recreador, sanador y reconciliador de Jesús (Juan 20:21). La proclama que Jesús hizo del reino que viene (Marcos 1:15) es también la agenda de la iglesia como señal especial del amor divino y de la nueva realidad de libertad, justicia, paz y esperanza a la que Dios nos invita.
Creemos que existe una correlación fundamental entre nuestra concepción de Dios y nuestra forma de entender a la iglesia. Y siendo que la fe cristiana percibe a Dios como Trinidad, la eterna comunión del Padre, el Hijo y el Espíritu, se infiere que la iglesia deriva su naturaleza del Dios Trino. Por un lado, confesamos el carácter trinitario de Dios con una variedad de afirmaciones, imágenes y metáforas referidas a la divinidad: Dios es Creador, Rey, Señor, Padre…; Dios es Redentor, Libertador, Siervo, Hijo…; Dios es Santificador, Paraclito, Espíritu Santo… Por otro lado, las imágenes y metáforas bíblicas referidas a la iglesia son también numerosas y variadas. Entre las muchas expresiones se destacan tres como cuadros vívidos del diseño y el anhelo de Dios para la iglesia: el concepto de pueblo del pacto—referencia sólidamente enraizada en la fe de Israel—la metáfora del cuerpo de Cristo y la idea de la hermandad y la morada del Espíritu. Son los tres símbolos que seleccionamos para referirnos al carácter trinitario de la iglesia como expresión viva y testimonio fiel del reino de Dios. Creemos también que la expectativa divina es el desarrollo y la maduración integral de la iglesia en consonancia con su carácter trinitario.
Canción
https://youtu.be/7AreQ9_MpTA?si=7UdnK_immwqwwptu
Recopilado por Rosa Otárola D, /
Julio 2024.
“Piensa bien, haz el bien, actúa bien y todo te saldra bien”
Sor Evelia 08/01/2013.