LITURGIA DE LA PALABRA
Introducción:
La felicidad, seguramente, es la meta principal que todos buscamos en la vida. Y si preguntásemos a la gente cómo buscan ser felices, o dónde buscan su propia felicidad, nos encontraríamos con respuestas muy distintas. Algunos nos dirían que en una vida de familia bien fundamentada; otros que en tener salud y trabajo; otros, que en gozar de la amistad y del ocio…, y los más influidos quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que en tener dinero, en poder comprar el mayor número posible de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.
Hoy podríamos afirmar que una pregunta atraviesa la Palabra de Dios: ¿Cuál es la senda de la felicidad verdadera según el Dios de Jesucristo? Es, no cabe duda, un tema importante y siempre actual que, por eso, conviene acoger y pensar en la novedad del momento que nos toca vivir.
Nos explicaba el Papa Francisco que “…las bienaventuranzas contienen la “carta de identidad” del cristiano ―es nuestro carné de identidad―, porque dibujan el rostro de Jesús, su forma de vida. (…) “el monte” recuerda al Sinaí, donde Dios le dio a Moisés los mandamientos. Jesús empieza a enseñar una nueva ley: ser pobre, ser manso, ser misericordioso… Estos “nuevos mandamientos” son mucho más que normas. De hecho, Jesús no impone nada, pero revela el camino a la felicidad ―su camino― repitiendo ocho veces la palabra “bienaventurados”. (…) Pero, ¿qué significa la palabra “bienaventurado”? ¿Por qué cada una de las ocho bienaventuranzas comienza con la palabra bienaventurado? La palabra original no indica a alguien que tiene el estómago lleno o que se divierte, sino una persona que está en una condición de gracia, que progresa en la gracia de Dios y que progresa por el camino de Dios: la paciencia, la pobreza, el servicio a los demás, el consuelo… Los que progresan en estas cosas son felices y serán bienaventurados”
PRIMERA LECTURA de la profecía de Sofonías 2,3; 3, 12-13
Busquen al Señor, ustedes, todos los humildes de la tierra, los que ponen en práctica sus decretos. Busquen la justicia, busquen la humildad, tal vez así estarán protegidos en el Día de la ira del Señor. Yo dejaré en medio de ti a un pueblo pobre y humilde, que se refugiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá injusticias ni hablará falsamente; y no se encontrarán en su boca palabras engañosas. Ellos pacerán y descansarán sin que nadie los perturbe.
Reflexión:
El libro de Sofonías tiene muy pocas páginas, y aquí tenemos un trozo muy abreviado. Él profeta denuncia el pecado de orgullo, del cual nacen todas las desconfianzas. Por eso exhorta a la humildad. Repite tres veces el mismo verbo: «busquen», lo que convierte el texto en un imperativo insistente. La perla de este texto es el gran subrayado: quien es humilde y pobre vivirá en paz, y será protegido por el Señor. Es una promesa que se cumplirá en el reino definitivo, por eso pone ya sobre aviso de que solo (un resto) los humildes, los pobres y los que buscan la justicia, tienen porvenir en el proyecto salvífico de Dios: pastarán y descansarán y no habrá quien los inquiete.
SALMO RESPONSORIAL 145, 7-10
Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reimo de los Cielos..
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos.
Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sion, de edad en edad.
Reflexión:
Este texto pone ya sobre aviso de que solo (un resto) los humildes, los pobres y los que buscan la justicia, tienen porvenir en el proyecto salvífico de Dios: pastarán y descansarán y no habrá quien los inquiete.
SEGUNDA LECTURAde la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 1,26-31
Hermanos, tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles.
Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios. Por Él, ustedes están unidos a Cristo Jesús, que por disposición de Dios, se convirtió para nosotros en sabiduría y justicia, en santificación y redención, a fin de que, como está escrito: “El que se gloría, que se gloríe en el Señor”.
Reflexión:
Pablo pasa revista a la composición de los miembros de la asamblea de la comunidad de Corinto y subraya el hecho de que en ella no abundan los sabios, ni los grandes de este mundo. Paradójicamente, enfatiza, Dios ha escogido a lo débil, a lo que no cuenta, para anular a los grandes y humillar a los sabios.
EVANGELIO según san Mateo 4, 25—5, 12
Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.
Reflexión:
Leemos este Evangelio tan conocido para todos nosotros, pero siempre tan sorprendente. Con este fragmento de las bienaventuranzas, Jesús nos ofrece un modelo de vida, unos valores, que según Él son los que nos pueden hacer felices de verdad. En él, Jesús no hace una serie de promesas que pudieran convencer a la multitud, sino que nos propone una felicidad diferente a la que nos ofrece el mundo. Es una felicidad real según la cual Jesús nos muestra de cuadro completo la vida en el Reino de los Cielos.
Podríamos decir que, en este texto, Jesús redefine lo que realmente quiere decir ‘ser feliz’, pues mientras que el mundo piensa que es la riqueza lo que nos da la felicidad, Jesús nos dice que es la pobreza de corazón; que se es feliz cuando uno domina, piensa el mundo, cuando tiene poder, cuando en realidad lo que nos hace felices es la humildad. Ahí encontraremos la verdadera felicidad.
Conclusión y Oración:
En la liturgia de este día, el Señor nos deja claro que el Reino es la comunidad de los bienaventurados en donde florece nuestra vida y por ende, es en donde podemos ser realmente nosotros mismos y alcanzar también la felicidad.
Recuerda que en las Bienaventuranzas encontramos un verdadero programa de vida; por lo tanto, en ellas está la invitación de hacer un camino, un camino que permita que se desarrolle en nosotros la felicidad y la paz, es por ello que deseo terminar esta reflexión con esta oración de San Francisco de Asís:
Oh, Señor, hazme un instrumento de Tu Paz .
Donde hay odio, que lleve yo el Amor.
Donde haya ofensa, que lleve yo el Perdón.
Donde haya discordia, que lleve yo la Unión.
Donde haya duda, que lleve yo la Fe.
Donde haya error, que lleve yo la Verdad.
Donde haya desesperación, que lleve yo la Alegría.
Donde haya tinieblas, que lleve yo la Luz.
Oh, Maestro, haced que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar;
ser comprendido, sino comprender;
ser amado, como amar.
Porque es:
Dando , que se recibe;
Perdonando, que se es perdonado;
Muriendo, que se resucita a la
Vida Eterna.
«Mira que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5).